Portugal, aire puro exento de cesio radioactivo para menores ucranianos

 La niña ucraniana Anastasia, de 11 años de edad, se despide de la familia portuguesa que lleva dos años acogiéndola en vacaciones, el 16 de agosto de 2015. Anastasia se va de su casa, junto a la central de Chernobil, a Lisboa para respirar aire puro.

La niña ucraniana Anastasia, de 11 años de edad, se despide de la familia portuguesa que lleva dos años acogiéndola en vacaciones, el 16 de agosto de 2015. Anastasia se va de su casa, junto a la central de Chernobil, a Lisboa para respirar aire puro.

Anya, de 16 años, respira durante sus vacaciones el aire puro de una villa situada a dos pasos del mar en Portugal, lejos de su localidad natal de Mussiki situada a unos cuarenta kilómetros de la central nuclear de Chernobil.

La joven aún no había nacido en 1986, cuando uno de los cuatro reactores de la central ucraniana explotó, enviando al aire millones de elementos radioactivos equivalentes en intensidad a al menos 200 bombas de Hiroshima.

 

Anya, acogida por una familia en la ciudad costera de Peniche (sur de Portugal), forma parte de los 34 menores de Chernobil que abandonaron durante un mes Ucrania para respirar aire puro y reducir el volumen de cesio radioactivo en su organismo.

 

“Aquí he descubierto el mar, su olor tan particular, no puedo dejar de mirarlo”, asegura la joven de largo cabello azabache en un portugués casi perfecto. Por unos días, ha dejado detrás de ella los ríos contaminados de la zona de Chernobil.

 

Gracias al proyecto ‘Verano azul’, creado en 2008 por los colaboradores de una compañía de seguros, Anya viaja a Portugal desde hace siete años para ver a Maria João y a Hernani Leitão, su “segunda familia”. La joven padece problemas cardiovasculares y respiratorios.

 

“Un mes de vacaciones en Portugal le otorga entre uno y dos años más de esperanza de vida”, asegura el responsable del proyecto, Fernando Pinho, quien cita un estudio realizado por médicos del hospital de Ivankiv, a 45 kilómetros de Chernobil.

 

Sol, playa y comida sana. Estos son los remedios prescritos a los niños de Chernobil durante sus estancias en Portugal, pero también en Francia, Alemania, España, Italia, Bélgica e Irlanda, donde acuden cada año cientos de ellos.

 

Si ‘Verano Azul’ financia el transporte y el seguro sanitario, las familias se hacen cargo del alojamiento, al igual que muchas asociaciones en Europa que acogen a menores desfavorecidos de Ucrania, Bielorrusia y Rusia.

 

‘Un mal invisible’

 

Para Bogdan, de 9 años, es su primer viaje a Portugal. Este niño de cara redondeada y sonrisa tímida no habla casi nada de portugués, pero llega a comunicarse mediante gestos con su nuevo compañero de juegos, Jonas, de 11 años.

 

Oriundo de Ivankiv, Bogdan aterrizó en Santa Iria de Azoia, cerca de Lisboa. Los primeros días “se encerró un poco en sí mismo, pero el contacto con nuestros gatos permitió romper el hielo”, explica la madre de Jonas, Anabela Pereira, de 43 años.

 

Anabela, quien padeció cáncer de tiroides en 2007, es especialmente sensible al riesgo de recaídas en Chernobil. “La radioactividad es un mal invisible, pero que causa estragos”, asegura.

 

En los alrededores de Chernobil, más de 6.000 casos de cáncer de tiroides se han registrado entre los menores y este número debería seguir aumentando, según Naciones Unidas.

 

Más de 29 años después de la catástrofe, el aire, el agua y el suelo en las zonas próximas a la central continúan contaminados por la radioactividad.

 

Según los médicos locales, la lista de enfermedades que amenazan a los niños es larga: patologías del corazón, del hígado, alteraciones del sistema inmunitario, malformaciones del sistema nervioso, leucemia, cataratas, etc.

 

‘Silencio sepulcral’

 

En su casa, en Mussiki, Anya consumía las frutas y verduras cultivadas en los campos circundantes. Allí, vivía con su madre y hermana pequeña Anastasiya, hasta que se fue a estudiar a Kiev.

 

Un poco más lejos, unas cien mil personas fueron evacuadas de la zona, en un radio de 30 kilómetros alrededor de la central. Por el momento, todavía no pueden regresar.

 

El anfitrión de Anya, Hernani Leitão, de 63 años, visitó el lugar en 2010. “Vi pueblos desiertos donde reina un silencio sepulcral, con aulas abandonadas en las que se acumulan libros y muñecas dejadas por los niños”, recuerda este miembro activo de “Verano Azul”.

 

Y, como prueba, muestra a Anya fotos de la localidad de Pripiat, situada a 3 kilómetros de la central y que quedó congelada en el tiempo después de que sus 50.000 habitantes abandonaron la localidad el día después de la catástrofe.

 

El tío de la adolescente, Anatoli, continúa trabajando en la central, donde espera el final de las labores para recubrir definitivamente el reactor siniestrado con un sarcófago de acero.

 

Respecto a Anya, ella no ve su futuro en Ucrania. “Tras mis estudios, volveré a Portugal para trabajar en el turismo”, confiesa con una amplia sonrisa. En Chernobil, el turismo se limita a algunas visitas guiadas a la central.

El portugués Agostinho Miranda bromea con Victoria en Agueda, localidad del norte de Portugal, el 31 de julio de 2015. La familia de Agostinho y Ana acoge a la niña ucraniana desde hace siete años dentro del proyecto 'Verano azul'.

El portugués Agostinho Miranda bromea con Victoria en Agueda, localidad del norte de Portugal, el 31 de julio de 2015. La familia de Agostinho y Ana acoge a la niña ucraniana desde hace siete años dentro del proyecto ‘Verano azul’.

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