Vinos biodinámicos, la fuerza del Cosmos en las parras chilenas

Según datos de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias, a julio de 2015, la superficie agrícola orgánica certificada en Chile suma 17.871 hectáreas, un 10 % más que hace un año.

Según datos de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias, a julio de 2015, la superficie agrícola orgánica certificada en Chile suma 17.871 hectáreas, un 10 % más que hace un año.

Elaboraciones complejas pero naturales y adaptadas al calendario astronómico dan hoy como resultado los llamados vinos biodinámicos, cada vez más populares en el mundo y que gracias a nueve viñas certificadas chilenas se han ganado un espacio en las exportaciones del país austral.

Se estima que en Chile hay 1.251 hectáreas plantadas con uvas vinícolas de este tipo, que hacen posible la elaboración de una quincena de caldos que cumplen con todas las exigencias, según la agencia alemana Démeter, la única que certifica cultivos biodinámicos.

Lograr la aprobación internacional requiere demostrar durante años que las parras han tenido un crecimiento completamente natural, con preparados vegetales y minerales para su fertilización, y que la cosecha, el embotellamiento y la producción también han tenido un tratamiento específico.

“La agricultura biodinámica supone pensar que la tierra, el hombre y todos los seres vivos son parte de un sistema en el que todos los elementos interactúan entre sí”, explicó a Efe Henrich Neisskenwirth, gerente en Chile del Institute of Marketology Control, una empresa que presta servicios de inspección y certificación ecológica y sostenible de productos agrícolas.

“La granja es un cuerpo que tiene alma y todos sus miembros funcionan alrededor de las fuerzas cósmicas”, asegura el responsable de IMO Control, que hoy certifica al 80 % de las viñas orgánicas chilenas.

La biodinámica, principio acuñado por el filósofo austríaco Rudolf Steiner en 1924, trabaja con el calendario astronómico y considera que la Luna tiene un efecto sobre la flora de la Tierra.

“Por ejemplo, si el mar retrocede por la energía de la Luna, lo mismo le pasa a todos los sistemas que tienen agua”, indica Neisskenwirth.

La biodinámica considera a las granjas como sistemas cerrados que se “autoalimentan” con diversas preparaciones.

Una de ellas son los cuernos de vaca rellenos de estiércol que se entierran a 40 centímetros del suelo en otoño, para que se descompongan en invierno y en primavera sirvan como abono para todo el viñedo.

De esta forma, el suelo se nutre con los microorganismos necesarios para el desarrollo de la uva.

En la preparación de los abonos biodinámicos también se utilizan flores de manzanilla, diente de león, cola de caballo y corteza de roble. Algunas se introducen en intestinos de vacas, que después se entierran o secan.

Para combatir las plagas de las cosechas sin abonos químicos, la consigna de los viticultores biodinámicos es “prevenir, antes que lamentar”.

Según Max Undurraga, director de la viña certificada Koyle, “lo que biodinámica busca es el equilibrio. “Los grandes males de la agricultura están presentes, pero no son nuestros enemigos”, dice.

Por ejemplo, “cuando la uva esta madura, se abre y suelta un poco de jugo con mucha azúcar, pero con el calor le entran hongos. Entonces, lo que hicimos fue traer abejas, que extraen el líquido y sellan la uva. Desaparecieron los hongos y además ahora tenemos una miel espectacular”, cuenta satisfecho.

Lo mismo hicieron con un insecto que se comía los brotes de la uva y cuyo comportamiento investigaron un año entero. Al final le colocaron una especie de trampa con luces y agua. Ahora lo tienen controlado e incluso les ayuda a no tener que podar.

Julio Bastías, enólogo jefe de la viña Matetic, destaca que “la agricultura biodinámica permite que otras especies convivan con la vid”, como los animales que se comen la maleza y cuyo guano es empleado como fertilizante.

Así, gallinas y gansos se han convertido en aliados para la erradicación de insectos dañinos, como la arañita roja y los burritos, unos pequeños coleópteros que se comen las hojas de las parras, relata el representante de la finca Matetic, que posee 166 hectáreas de uva biodinámica.

En los últimos años, el cultivo de productos orgánicos y biodinámicos ha experimentado un notable crecimiento en Chile, que exporta vinos, manzanas y arándanos cosechados ecológicamente.

Según datos de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias, a julio de 2015, la superficie agrícola orgánica certificada en Chile suma 17.871 hectáreas, un 10 % más que hace un año.

Y la uva vinícola, el cultivo estrella, cuenta con una superficie de 3.735 hectáreas, un 5 % más que en 2014.

En 2013, las exportaciones de vino elaborado con uvas orgánicas superaron los 25 millones de litros, con un valor de 47 millones de dólares, lo que significa un aumento respecto del 169 % respecto a 2012 en volumen y del 27 % en valor.

Las principales variedades cultivadas en Chile son Cabernet Sauvignon, el Carménère y el Syrah, que llegan a más de 90 países, fundamentalmente España, Estados Unidos, Holanda y Canadá.

“La demanda de vinos con certificación orgánica está creciendo muchísimo. Obtenerla es muy difícil, exige grandes esfuerzos. Y además, hay que convalidarla cada año”, explica Yves Pouzet, enólogo de viña Tipaume.

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