Los científicos, testigos de excepción del calentamiento en el Ártico

El rompehielo canadiense Amundsen cerca de una banquisa en el Océano Arctico de Canadá el 27 de septiembre de 2015.

El rompehielo canadiense Amundsen cerca de una banquisa en el Océano Arctico de Canadá el 27 de septiembre de 2015.

Con las manos hundidas en el barro glacial, los científicos se maravillan al descubrir un extraño ciempiés translúcido extraído a 70 metros de profundidad e, incapaces de identificarlo, recurren a los “libros de los primeros exploradores de los años 1800″, porque los conocimientos del Ártico son escasos.

Reunidos en la cubierta frontal del rompehielos científico canadiense NGCC Amundsen, los científicos, con cascos de obra y traje de superviviencia, escarban la masa viscosa recién recuperada con la grúa del buque.

El termómetro, enterrado en este barro, registra -1,8 grados. Muchos seres vivos que parecen extraterrestres se agitan. “Contrariamente a lo que podríamos pensar, es una región demasiado rica”, dijo Laure de Montety, especialista de la taxonomía ártica.

A medida que la banquisa se deshace debido al efecto invernadero, los investigadores se apuran en el Gran Norte “para tener un buen inventario, antes que haya demasiados pasajes de barcos y muchos cambios climáticos”, explicó Montety, de la universidad de Quebec en Rimouski (oeste de Canadá).

Amundsen, un rompehielo de la guardia costera canadiense dedicado a la investigación, es un laboratorio móvil único, que cada año explora el Ártico y transporta a unos 40 científicos internacionales.

Catalogar la biodiversidad

La temperatura del Polo Norte superó al menos por tres grados centígrados los niveles preindustriales: el ecosistema polar ya inició su transición bajo el efecto de un clima cambiante.

Para los investigadores, la necesidad de catalogar la biodiversidad y penetrar en los secretos del océano Ártico es urgente. Es el sitio menos estudiado y el más pequeño del planeta.

Los guardacostas y científicos se turnan día y noche para trabajar en el puente de Amundsen. Extraen sedimentos del fondo del océano o muestras de aguas de diversas profundidades y despliegan redes de arrastre.

Desde hace años las redes de Amundsen sacan peces que en general frecuentan el Pacífico o el Atlántico pero jamás estas latitudes polares. El alicante del Pacífico, por ejemplo, se está instalando en el Mar de Beaufort y en el Pasaje del Noroeste. Amenaza la supervivencia de especies autóctonas, empezando por el bacalao ártico, que tanto gusta a las belugas y las focas.

“El nivel de hielo no irá mejorando, ¿quién sabe a qué se parecerá en 20 o 30 años?”, se pregunta Solveig Bourgeois, especialista francés de ecología marina.

Con el deshielo acelerado en verano, las algas que nacen bajo la banquisa desaparecen y los micro-organismos quedan privados de su principal fuente de materia orgánica. Y a largo plazo esto podría provocar un efecto de bola de nieve en el resto de la cadena animal, explicó Bourgeois en un laboratorio pequeño ubicado detrás del rompehielos.

Desde la popa del barco, un equipo controla “el torpedo” que arrastra el Amundsen a 75 grados hacia el norte. Unido por un cable que generalmente está bloqueado en las poleas congeladas, el aparato metálico de un metro de largo oscila entre la superficie y el suelo marino con el fin de recoger abundantes datos sobre el océano.

‘Muchas sorpresas’ a la vista

El objetivo es comprender cómo el Ártico se mezcla con el Pacífico y el Atlántico y se forman las corrientes marinas.

“Es un conocimiento necesario si queremos buenos modelos climáticos”, dijo Jody Klymak, físico oceanógrafo que encabeza las operaciones del “torpedo”. “Si vas a entender cómo cambia el Ártico, hay que entender cómo las corrientes cambian, es fundamental”, añadió este profesor de la universidad canadiense de Victoria, en Columbia-Británica.

Hace tan solo medio siglo que el explorador noruego Fridtjof Nansen demostró que el Ártico era efectivamente un océano, alimentado a la vez por 10% de los ríos del planeta, el Atlántico y el Pacífico. Pero fue recién con el inicio del derretimiento del hielo que los científicos comenzaron a realizar estudios sobre su funcionamiento.

Para Roger François, jefe de la misión científica de Amundsen, urge la necesidad de aumentar los conocimientos en la región porque “los cambios del Ártico tienen influencias que van mucho más allá”.

El océano glacial podría disminuir la salinidad de los mares del planeta debido “al aumento del aporte de aguas fundidas del hielo”, destacó el investigador belga. Esto podría “realmente cambiar la circulación global de océanos” y modificar las transferencias de energía entre los polos y Ecuador”, lo que alteraría el clima.

“El sistema entero es tan complejo” y los conocimientos del Ártico tan limitados que aún hay “muchas sorpresas que esperar”.

Print Friendly, PDF & Email
Me gusta
Me gusta Me encanta Me divierte Me asombra Me entristece Me enfada