Turquía, reserva de plantas aromáticas y medicionales

Vista de plantas cultivadas en el Instituto de Investigación Agrícola del Mediterráneo Occidental (BATEM) en la localidad de Antalya, en el sur de Turquía.

Vista de plantas cultivadas en el Instituto de Investigación Agrícola del Mediterráneo Occidental (BATEM) en la localidad de Antalya, en el sur de Turquía.

Por su aroma especial y sus beneficios para la salud, diversas plantas originarias de Turquía son sacadas de su hábitat silvestre y multiplicadas en los invernaderos para que sus extractos lleguen a muchas más manos.

Bajo el riego de los aspersores en uno de estos recintos de la provincia meridional de Antalya crece la salvia, planta conocida por aplicarse en casos de sudores excesivos, inflamaciones o infecciones.

Es una de las tantas especies aromáticas y medicinales que se hallan en el campo turco, donde gracias a sus variadas condiciones geográficas y de clima se concentran de forma endémica 4.000 de las 12.000 variedades existentes en toda Europa.

Aunque la mayoría de las zonas de producción están en las regiones del Mármara y el mar Negro, existen otros focos en el sur y el oeste de la península de Anatolia.

En Antalya, algunas de esas plantas orgánicas las cultivan en el Instituto de Investigación Agrícola del Mediterráneo Occidental del país (BATEM).

La coordinadora del proyecto para su preservación, Ahu Çinar, explica a Efe que intentan adaptar dichas especies a las condiciones de los sistemas agrícolas y aumentar su producción.

Pretenden contribuir así a reducir la pobreza de las áreas rurales explotando unos recursos de los que salen todo tipo de cremas faciales, cosméticos, aceites, medicamentos, perfumes o especias culinarias.

No es que antes las comunidades turcas no lo hicieran. Al contrario. Forma parte de la tradición más antigua la recolección de plantas aromáticas y medicinales para su uso local.

Sin embargo, su bajo nivel de procesamiento industrial hizo que muchas plantas fueran exportadas como materia prima, a bajo precio, mientras que al país llegaban los productos ya elaborados, mucho más caros.

“Había una débil conexión entre las empresas y los productores, la cual queremos fortalecer. Para eso los ponemos en contacto con los investigadores para que se conozcan entre ellos y colaboren en satisfacer las necesidades de unos y otros”, sostiene Çinar.

Y añade: “Si la industria quiere semillas de alta calidad puede venir aquí y comprarlas, al tiempo que dejamos a los agricultores que vengan y cultiven sus plantas medicinales y aromáticas”.

De ese modo el centro ha transformado sus parcelas en un lugar de encuentro para los interesados, con un laboratorio que opera analizando semillas y extrayendo aceites.

Mediante un programa patrocinado por Turquía y la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), entre 2012 y 2014 fueron organizados talleres y visitas al terreno para mejorar la capacitación de los expertos.

Pudieron aprender técnicas para evaluar y caracterizar esa clase especial de plantas, conservar aquellas que están en peligro, cultivarlas y medir la calidad de sus propiedades con el fin de fomentar su uso industrial respetando los estándares internacionales.

Junto a la salvia, el té de montaña, el orégano, el laurel, la hierba de San Juan y la ortiga mayor fueron otras de las especies analizadas.

“Para saber lo que se puede hacer con las plantas se debe conocer su contenido, para qué se usan y a quién le pueden interesar”, asegura la experta en microbiología Muslime Tanriseven.

Además de conservarlas en su ambiente natural, los científicos deben ser capaces de hacer que esas plantas se adapten a los invernaderos, donde los factores externos también cuentan.

De hecho, no siempre es posible mantener buenas condiciones locales. Y menos aún cuando los fondos y el periodo de formación se han agotado desde hace meses, por lo que sacar adelante el trabajo cuesta cada vez más de un suspiro.

Çinar recuerda los días en que para recoger nuevas variedades de las zonas apartadas los investigadores se tenían que desplazar hasta doscientos kilómetros.

Ahora ya no lo pueden hacer y se conforman con las semillas que les llevan los agricultores y otros recolectores, conscientes de que la riqueza de la diversidad biológica puede jugar esta vez a su favor.

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