La península japonesa de Shima, entre perlas y dioses, acoge al selecto club del G7

Vista exterior del hotel Shima Kanko donde se celebrará la cumbre del G7 en Shima (Japón) hoy, 25 de mayo de 2016.

Vista exterior del hotel Shima Kanko donde se celebrará la cumbre del G7 en Shima (Japón) hoy, 25 de mayo de 2016.

Obama, Merkel, Cameron y el resto de mandatarios que forman parte del selecto club del G7, el de las siete mayores economías del mundo, se reúnen desde mañana en la localidad japonesa de Shima, un lugar dedicado al cultivo de perlas y donde habitan los millones de dioses del sintoísmo nipón.

Los dirigentes de las primeras potencias mundiales llegan hoy al “corazón” religioso de Japón, Mie, en el centro del país y donde está el santuario de Ise Jingu, La Meca del sintoísmo y adonde se debe peregrinar al menos una vez en la vida, según la tradición japonesa.

Si la pasada cumbre del G7 tuvo como escenario la bucólica localidad alemana de Elmau, esta vez se celebra en la península de Shima, un extenso parque natural salpicado de islotes y abierto al Océano Pacífico.

Allí los líderes de las naciones más prosperas charlarán sobre la marcha de la economía mundial, la posibilidad de que se produzca una recesión global o la caída libre del precio del petróleo, un punto, el del crudo, que precisamente provocó el nacimiento de esta cumbre en 1975, aunque entonces fue a causa de su encarecimiento.

Si tras el intenso debate aún tienen apetito, Obama, Hollande, Merkel, Cameron, Renzi y Trudeau podrán disfrutar de la deliciosa gastronomía de la zona, cuya base son los productos del mar, especialmente las ostras, la langosta, los caracoles marinos o el bonito seco.

Puede que sean las “ama”, buceadoras a pulmón que faenan en esta zona de Japón desde hace siglos y de las que aún quedan alrededor de 800 en la península de Shima, las que pesquen los moluscos que más tarde degustarán los mandatarios.

Los miembros del G7 se hospedarán en el lujoso Shima Kanko Hotel, con vistas sobre la bahía de Ago, el primer lugar en el mundo en el que se practicó el cultivo de perlas.

Desde su apertura, en 1951, se han alojado en el establecimiento, entre otros, el ya fallecido emperador Showa -al que sucedió su hijo Akihito, en la actualidad en el cargo-, la novelista Toyoko Yamasaki o el príncipe Rainiero de Mónaco junto a su esposa, la fallecida actriz Grace Kelly.

Ubicado en la diminuta isla de Kashikojima, de 660 metros cuadrados y apenas habitada por un centenar de personas, el lugar está comunicado a través de dos puentes con la península de Shima, un difícil acceso que favorece las fuertes medidas de seguridad que rodean a esta reunión de altos mandatarios y pese a las que en otras ediciones no se ha logrado evitar las protestas de manifestantes.

Además, el complejo hotelero, el primero abierto de estilo occidental tras la Segunda Guerra Mundial, ha permanecido cerrado desde mayo de 2015 por tareas de acondicionamiento y el precio por noche en la habitación más económica es de unos 50.000 yenes (alrededor de 400 euros), según su página web.

El establecimiento cuenta con medio centenar de suites de cien metros cuadrados engalanadas con alrededor de 50.000 perlas cultivadas en la zona, según detallan los medios locales. Se espera que los líderes descansen en estas habitaciones, que cuentan con un alto grado de privacidad y seguridad.

En ese sentido, las autoridades japonesas han anunciado que el servicio en la línea de tren Kinetsu, con una parada a unos 300 metros del hotel, estará suspendido.

Durante su estancia en Mie, los dirigentes también podrán relajarse en los tradicionales y concurridos “onsen“, unos baños termales de aguas volcánicas muy populares entre los japoneses por sus propiedades beneficiosas para la salud y a donde se acude vestido con la yukata (traje tradicional).

Está previsto que visiten el templo de Ise Jingu, el principal santuario del Sintoísmo -la primigenia religión japonesa, previa a la llegada y expansión del budismo al país asiático- y considerado el lugar más sagrado por los japoneses.

Allí podrán imitar el ritual que llevan a cabo los fieles para rogar un deseo a los dioses: lanzar una moneda a un foso, realizar una reverencia, dar dos fuertes palmadas y ejecutar una nueva inclinación. Quizá sus deseos incluyan mejoras en la vida de los millones de personas que habitan los países que gobiernan… o no.

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