Lisboa, la reserva de oficios en extinción

Un limpiabotas espera clientes.

Un limpiabotas espera clientes.

Lisboa es probablemente la última de las principales ciudades europeas en donde todavía pueden encontrarse por la calle profesionales de oficios a punto de desaparecer, como afiladores, limpiabotas o vendedores de castañas asadas.

Hubo un tiempo en el que un limpiabotas, “engraxador” en portugués, podía tener una cola de espera de 20 clientes en la céntrica Plaza del Rossio de la capital portuguesa y tener un sueldo por encima de la media, algo impensable actualmente.

Hoy, en una mañana soleada podemos contabilizar entre 15 y 20 limpiabotas sacándole brillo a los zapatos de sus clientes en el centro de la ciudad, una presencia llamativa para los visitantes extranjeros que los contemplan con asombro y curiosidad.

Américo Santos aún no tenía 8 años cuando comenzó de “engraxador”, y aunque en algunas épocas tuvo otros empleos “raro era el fin de semana en el que no venía con mi cajón a la calle para lustrar zapatos, y ya van 53 años”, comenta con una sonrisa.

Cada limpiabotas tiene su puesto fijo en la calle por el que paga una licencia anual al ayuntamiento de Lisboa y una clientela habitual que es frecuente que mantengan desde hace años.

El precio por la limpieza de un par de zapatos oscila entre los dos y los tres euros, si bien no es extraño que los clientes dejen propinas que pueden doblar esa cantidad.

Uno de los limpiabotas más carismáticos de la zona del Rossio es Carlos Manuel Fernandes, conocido como “fininho” (finito) por su aspecto alto y delgado y con puesto fijo en la Rua do Desamparo.

Fininho lleva más de 40 años ejerciendo esta actividad y cuando escucha la palabra “limpiabotas” corrige con seriedad: “no soy limpiabotas, me dedico a la limpieza del calzado”.

Alrededor de él se forma un pequeño núcleo de lectores de periódico jubilados, vendedores de lotería y plastificadores de documentos, lo que le da a la calle un aire familiar y pintoresco.

Manuel Duarte es otro de los veteranos de la Plaza del Rossio, tiene 70 años y vivió muchos tiempo en Madrid, donde trabajaba como tapizador durante la semana y de limpiabotas los fines de semana en el Palacio de la Prensa de la capital.

Hace 24 años en el Café Nicola había un limpiabotas fijo, algo común en muchas cafeterías de la época, “se llamaba Joaquin, pero cuando se murió ya no se buscó a otro para sustituirlo”, dice una de las camareras más veteranas de este famoso café lisboeta.

En los buenos tiempos había incluso locales dedicados a este oficio donde trabajaban de cuatro a cinco “engraxadores”, pero las cosas cambiaron y “Andorinhas”, situada en la Rua Santa Justa, fue la última de las “engraxadorias” en cerrar en la capital lusa.

También por el centro, -de finales de octubre a marzo-, es frecuente encontrarse nubes de humo deslizándose por las calles de Lisboa, la señal de que los pequeños remolques a carbón de los vendedores de castañas asadas no andan lejos.

El de “castanheiro”, como se denomina a estos vendedores ambulantes, es otro de los antiguos oficios que todavía están presentes en las calles de la capital lusa.

Como sucede con los limpiabotas, los vendedores de castañas también tienen su puesto fijo en la calle.

Pero el paisaje de estos oficios tradicionales en vías de extinción no estaría completo sin la figura del afilador, que en portugués se conoce con el nombre de “amolador”.

Los afiladores recorren las calles de la ciudad con un silbato para avisar de su presencia y una bicicleta que llevan de la mano.

En la barra de la bicicleta tienen instalada una rudimentaria rueda para afilar cuchillos y tijeras que hacen girar con una manivela manual, mientras que en la parte trasera llevan una caja de herramientas con las que reparan paraguas y otro tipo de cachivaches de hierro y metal.

Pedro Maldonado es uno de ellos, lleva 54 años en un oficio en el que comenzó con 15, es de la región portuguesa del Alentejo y heredó el oficio de su padre, quien a su vez lo hizo de su abuelo.

El precio por este servicio oscila entre los dos y los cinco euros y, “aunque ya no es como antes, todavía da para ir tirando cada mes, a veces gano 10 euros al día, a veces 15, pero algo siempre cae”, confiesa.

Incluso los habitantes más antiguos de Lisboa se sorprenden cuando escuchan la melodía particular del “amolador” llenando la calle, su memoria se estremece con el resplandor de un viaje en el tiempo y con curiosidad se asoman a la ventana o a la puerta de sus casas, bien para contemplar el regreso del pasado, bien para pedir la reparación de un cuchillo o unas tijeras que ya no cortan.

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