La frágil línea divisoria entre empleado y colaborador

En España, los trabajadores que ingresan menos de 300 euros al mes han subido en medio millón

repartidor

Chóferes y repartidores se quejan de que el negocio del reparto no da para vivir y de que las mismas aplicaciones informáticas que les envían las órdenes para recoger personas o pedidos no son igual de eficaces a la hora de darles carga de trabajo.

Las llamadas empresas ‘sin empleados’ han aumentado en importancia y número de ‘colaboradores’ en los últimos años a un ritmo casi igual al que se destruía empleo en la economía tradicional. Casi todas están vinculadas al crecimiento de Internet y al desarrollo de aplicaciones informáticas y se dedican a conectar a compradores y vendedores de productos y servicios, tales como la comida a domicilio o el transporte. Siempre con plantillas mínimas.

Algunas de esas empresas han terminado convirtiéndose en colosos internacionales y ya se las pone como ejemplo de éxito en las escuelas de negocios. Firmas como Just Eat, Deliveroo, Uber o Airbnb se han incorporado a nuestras vidas, reinventando la manera de hacer negocios y de gestionar las necesidades de las personas. Normalmente detrás hay jóvenes que antes han sido mileuristas, sujetos a los mil rigores de la temporalidad.

Mientras en los despachos de estas protagonistas de la nueva economía se discuten operaciones multimillonarias para desbancar (o comprar) a sus grandes competidores a escala mundial y sus bufetes de abogados se juegan el prestigio y mucho dinero en los juzgados, sigue creciendo la flota de ‘colaboradores’.

Hasta 24 millones de lo que las empresas llaman ‘colaboradores’ trabajaban en 2014 en este tipo de actividades en todo el mundo, frente a los 15 millones de 1997. Suelen ser repartidores de comida, envíos de paquetes a domicilio o chóferes que no tienen contrato laboral, ni derecho a vacaciones, ni por supuesto coche de empresa.

Las compañías rechazan tener relación de asalariados con estos trabajadores y venden las ventajas de estos puestos por su flexibilidad. Hace poco los tribunales londinenses condenaron a Uber a reconocer a varios conductores como empleados con todos sus derechos. Tras ello, la empresa insiste en que sus colaboradores trabajan cuando y cómo quieren y no les dicta normas ni horarios, por lo que no se les puede considerar empleados. La línea divisoria sigue siendo frágil.

Chóferes y repartidores se quejan de que el negocio del reparto no da para vivir y de que las mismas aplicaciones informáticas que les envían las órdenes para recoger personas o pedidos no son igual de eficaces a la hora de darles carga de trabajo. Por su parte, las empresas argumentan que tienen muchos colaboradores y tienen que repartir los horarios y el trabajo. Por ejemplo, en Deliveroo explican que los repartidores se pueden apuntar en determinadas franjas horarias cada semana, pero eso no garantiza que tengan trabajo. Oferta y demanda.

En España, los trabajadores que ingresan menos de 300 euros al mes han subido en medio millón desde el inicio de la crisis y alcanzaban ya la cifra de 3.694.852 en 2014, según los últimos datos publicados por la Agencia Tributaria en noviembre.

Desde el inicio de la crisis en 2008 hasta este año el salario mínimo en España ha subido 55 euros, al pasar de 600 a 655 euros mensuales. Pero la fijación de una remuneración mínima no afecta ni a los autónomos ni a estos trabajadores de la nueva economía. A la vista de que España es un país de pymes y emprendedores, habrá que  empezar por legislar también para la nueva economía.

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