Martin Arthur Couney o cuando la ciencia está a favor de la vida

Martin Arthur Couney con dos bebés prematuros a inicios de la década de 1940(fuente de la imagen New York Public Library vía BBC).

Martin Arthur Couney con dos bebés prematuros a inicios de la década de 1940(fuente de la imagen New York Public Library vía BBC).

Según un informe publicado por la OMS (Organización Mundial de la Salud) anualmente nacen en todo el planeta alrededor de 15 millones de niños prematuros (por debajo de las 37 semanas de gestación), lo que supone algo más de un uno por ciento de la natalidad mundial (solo en Estados Unidos la cifra de estos nacimientos precoces es de medio millón anuales). Se calcula que el índice de fallecimiento de bebés prematuros, en todo el mundo, es de cerca de un millón al año.

Hace poco más de un siglo el número de esos nacimientos precoces era muy similar a esas cifras, pero el de los fallecimientos entre prematuros se multiplicaba de manera alarmante (aproximadamente el 70 por ciento de esos bebés morían) debido a que no existían los métodos científicos actuales.

Pero todo cambió a partir de 1897 y en gran parte fue gracias al cambio de actitud que se produjo en las siguientes cuatro décadas por parte del colectivo médico.

Hasta entonces la creencia de muchos de los neonatólogos era que un recién nacido que no había alcanzado las 40 semanas de gestación no tenía apenas probabilidades de sobrevivir y que de hacerlo sería con algún tipo de discapacidad.

A finales del siglo XIX Martin Arthur Couney, un joven médico alemán, quiso demostrar a sus colegas que estaban equivocados y que era posible salvar a los bebés prematuros, dándoles una larga vida.

Estaba convencido que teniéndoles vigilados en incubadoras (que se habían inventado en Francia hacía relativamente poco tiempo pero que no era de la aprobación de la mayoría de los obstetras y matronas) y proporcionando a esos bebés cuidados y amor éstos crecerían sanos y felices.

En 1898 el Dr. Couney emigró a los Estados Unidos, instalándose a vivir en Nueva York donde abrió una consulta pediátrica. Por aquel entonces los hospitales estadounidenses no disponían de unidad de neonatología y a aquellos bebés que nacían antes de hora se les enviaba a casa junto a sus padres, falleciendo la mayoría de esos pequeños a los pocos días.

Martin Arthur Couney salvó la vida a miles de bebés prematuros exhibiéndolos en el parque de atracciones Luna Park de Coney Island (Wikimedia commons).

Martin Arthur Couney salvó la vida a miles de bebés prematuros exhibiéndolos en el parque de atracciones Luna Park de Coney Island (Wikimedia commons).

Martin Couney disponía de un par de incubadoras que había llevado desde Europa y decidió adquirir unas cuantas más para poder atender todas las peticiones que le iban llegando. Pero el coste de las mismas (ya no solo el adquirirlas, sino el mantenimiento y el personal que se tenía que hacer cargo de los cuidados) era enorme, por lo que se le ocurrió una idea que parecía descabellada pero que, al mismo tiempo, podría servir para financiar todo aquello: exhibir a los pequeños neonatos prematuros en una feria y cobrar la entrada a los curiosos visitantes.

En 1903 alquiló una caseta en el parque de atracciones ‘Luna Park’ de Coney Island y allí instaló las incubadoras donde se mostraban a los pequeños. Fuera había colocado un cartel que ponía ‘Todo el mundo ama a los bebés’ (All the World Loves a Baby) y un speaker animaba a los visitantes del parque a entrar y echar un vistazo a los pequeños por el módico precio de 25 centavos.

El precio diario para mantener cada bebé en la incubadora era de unos 15 dólares (que hoy en día rondarían los 400$) y fue tal el éxito de convocatoria que cubría de sobras los gastos y se permitió el poder comprar nuevas incubadoras.

A lo largo de los siguientes cuatro décadas (hasta 1943) la exhibición de bebés prematuros se convirtió en un lugar de visita obligada para todo aquel que pasaba por Coney Island.

Se calcula que alrededor de 6.500 fueron los bebés prematuros que sobrevivieron gracias a los cuidados y métodos de Martin Couney. A pesar de ello fue muy criticado por una importante parte de sus colegas quienes lo tachaban como charlatán de feria y ponían en duda sus métodos.

Y cabe destacar que, para llamar la atención de los visitantes, el Dr. Couney mandaba vestir a los pequeños con ropas que fuesen de tallas mayores y también les hacía poner el típico lazo rosa o azul (que se colocaba para indicar si era una niña o un niño) de un tamaño más grande del habitual. Todo ello hacía que pareciesen más pequeños de lo que realmente eran.

Pero, aparte de esto, el cuidado que se les daba a los bebés era excelente. Martin Couney contrató a un equipo profesional de médicos y enfermeras que atendían continuamente a los pequeños.

El éxito de la exhibición en el parque de atracciones de Coney Island fue tal que desde otros puntos de los Estados Unidos llamaban al Dr. Couney para que los exhibiera allí también, embolsándose el médico unos buenos honorarios.

Eso sí, el médico no cobraba a los padres de los bebés prematuros por sus servicios. Todos los costes que ocasionaba el tratamiento se cubrían con las entradas.

A partir de la década de 1940 los hospitales comenzaron a tener sus propias unidades de neonatología y cada vez era menor el número de recién nacidos que llegaban hasta el Dr. Couney, quien vio en el año 1943 un buen momento para jubilarse (tenía 73 años de edad. Algunas fuentes indican que incluso alguno más). Falleció en 1950.

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