El patrimonio de la ‘industria’ del aceite de enebro se redescubre en el Museo Etnológico de Barcelona

Fotografía cedida por la Asociació d’Amics de Riba-roja de uno de los hornos de enerbro a los que Josep Aguilà (i) y Antonio Castellví (d) dos jubilados que dedican su tiempo libre a rastrear los vestigios de su localidad, Riba-roja d’Ebre (Tarragona), una pasión que les llevó a redescubrir la ancestral “industria” local del aceite de enebro, que se muestra desde hoy en el Museo Etnológico de Barcelona.EFE/ Associació Amics de Riba-roja.

Josep Aguilà y Antonio Castellví son dos jubilados que dedican su tiempo libre a rastrear los vestigios de su localidad, Riba-roja d’Ebre (Tarragona), una pasión que les llevó a redescubrir la ancestral “industria” local del aceite de enebro, que se muestra desde hoy en el Museo Etnológico de Barcelona.

El empeño de ambos y de otros miembros de la asociación Amics de Riba-roja por recuperar el patrimonio local ha llevado a constatar que este municipio es el que ha conservado un mayor número de hornos de aceite de enebro de toda la península, un total de 20, en mejor o peor estado, mientras otra media docena de los que hay referencias no han podido ser localizados.

Estos hornos eran construcciones de piedra seca de planta circular, con un diámetro de 4 a 6 metros y una altura de hasta 7 metros, con una “olla” interior hecha de arcilla en la que se introducían los troncos del enebro o junípero, sobre la cual se quemaban otras maderas para que las altas temperaturas provocaran la destilación del aceite, que se recogía en una cubeta en el exterior.

El estudio de estas construcciones y de la actividad artesanal y comercial que supuso en la época preindustrial ha despertado el interés de historiadores y antropólogos, como Judit Vidal y Marina Orobitg, autoras de un libro sobre la materia, así como de profesores y estudiosos de las universidades de Barcelona y Rovira i Virgili de Tarragona.

Josep Aguilà (i) y Antonio Castellví (d) son dos jubilados que dedican su tiempo libre a rastrear los vestigios de su localidad, Riba-roja d’Ebre (Tarragona), una pasión que les llevó a redescubrir la ancestral “industria” local del aceite de enebro, que se muestra desde hoy en el Museo Etnológico de Barcelona.EFE/ Alejandro García.

Las propiedades terapéuticas del aceite de enebro llevaron a que históricamente se utilizara como remedio para diversas enfermedades humanas y, sobre todo, de animales, y así se tiene constancia de su uso en ungüentos aplicados a personas afectadas de eczemas, verrugas y parásitos, como parte de cataplasmas para resfriados y anginas y, en forma de infusión, como remedio contra trastornos digestivos y nerviosos.

Todas estas propiedades del aceite de enebro hicieron que Riba-roja se convirtiera en un importante centro de producción, y documentos del siglo XVII demuestran la existencia de un comercio consolidado, que aprovechaba la navegación por el Ebro para enviar el producto, río arriba a Zaragoza o río abajo a Tortosa,

No obstante, la principal ruta de este comercio fue hacia el norte y, transportado sobre caravanas de asnos, mulas o caballos, los productores de Riba-roja llegaban a las grandes zonas de ganadería de los Pirineos para vender su preciado aceite.

Lo cierto es que la memoria de esta actividad se había perdido en la propia Riba-roja, puesto que los últimos hornos en activo datan de los años 30 del siglo pasado, fueron abandonados por sus propietarios y las generaciones posteriores se fueron olvidando de su antiguo uso.

Las antiguas historias del pueblo contadas por sus padres y abuelos quedaron no obstante en la memoria de Josep Aguilà y Antonio Castellví, que hacia 2012, ya jubilados, se dijeron: “Esto del patrimonio nos gusta y ahora quizás valdría la pena que le dedicáramos más tiempo”, han explicado ambos a Efe.

Comenzaron su actividad recopilando fotos antiguas, unas 5.000, muchas de ellas familiares, en las que se apreciaban las tradiciones festivas o la navegación por el Ebro en laúdes, y revisando sus propios recuerdos y los de otras personas mayores fueron inventariando hornos de cal, de yeso y de aceite de enebro.

A través de referencias escritas y orales y tras recorrer el extenso término municipal han descubierto hasta el momento veinte de estos hornos, que han sido declarados como Bien Cultural de Interés Local por el ayuntamiento y de los que se ha dado cuenta a Patrimonio de la Generalitat.

“Nosotros somos unos autodidactas que nos dedicamos a esto de forma voluntaria, pero no somos historiadores ni antropólogos”, advierte Castellví, que señala que para que se documentara el material recogido se pusieron en contacto con la doctora en historia Judit Vidal y la antropóloga social Marina Orobitg.

Josep Aguilà (i) y Antonio Castellví (d) son dos jubilados que dedican su tiempo libre a rastrear los vestigios de su localidad, Riba-roja d’Ebre (Tarragona), una pasión que les llevó a redescubrir la ancestral “industria” local del aceite de enebro, que se muestra desde hoy en el Museo Etnológico de Barcelona.EFE/ Alejandro García.

Ambas se contagiaron del entusiasmo de Castellví y Aguilà y acabaron publicando el libro “Els Forns d’Oli de Ginebre. Una indústria a Riba-roja d’Ebre”, un estudio que reconocen que es producto del esfuerzo de muchas personas que han recopilado información sobre el tema.

La inauguración hoy en el Museo Etnológico y de las Culturas del Mundo de Barcelona de una exposición que muestra su trabajo y el de la asociación Amics de Riba-roja es para ambos “un premio que nos llena de satisfacción por una labor que es totalmente voluntaria; es como el último paso de una carrera, una reválida de la vida”.

El director del Museo Etnológico, Pep Fornés, inscribe esta exposición dentro de la praxis de la “museología social”, que “practican muchos de los mejores museos del mundo y que consiste en dar voz a aquella gente que es depositaria de conocimiento y que quiere compartirlo”, aun cuando no sean universitarios.

“Aquí no se necesitan créditos ni títulos, solo gente depositaria de conocimiento, que es importante para la ciencia, pues sin el conocimiento de la gente del territorio no somos nada, y más un museo de antropología”, concluye Pep Fornés.

Por Hèctor Mariñosa

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