Cadiz, la adelantada en el mundo del retrato

uno de los primeros retratos fotográficos que se producían en España, recogidos en el libro "El primer establecimiento de retratos fotográficos de España".

uno de los primeros retratos fotográficos que se producían en España, recogidos en el libro “El primer establecimiento de retratos fotográficos de España”.

En 1841 llegó a Cádiz, en un barco procedente de América, el estadounidense George W. Halsey con una cámara con la que, en esta ciudad, hizo los primeros retratos fotográficos que se producían en España, una “maravilla” por la que la capital gaditana forma parte de la historia de este arte.

“Sólo por esta innovación Cádiz es una cita obligada en la historia de la Fotografía española”, dice, en una entrevista con EFE, el historiador Rafael Garófano, que ha investigado este curioso capítulo de la historia de Cádiz y de la Imagen en España para escribir el libro “El primer establecimiento de retratos fotográficos de España”.

Seguir el rastro de cómo llegó a Cádiz el artilugio con el que se hicieron los primeros retratos fotográficos en “el sucinto tiempo de unos cuatro minutos” de exposición, según recogían los anuncios, es tan “sorprendente” como debieron parecer entonces aquellas pequeñas placas de cinco centímetros.

Aquellos primeros retratos fotográficos españoles se hicieron tres años después de que en 1838 en Francia se patentara el daguerrotipo como técnica fotográfica.

Un año después, en 1839, llegaron los primeros daguerrotipos a Barcelona, siguiendo la habitual ruta de todos los adelantos técnicos y científicos.

Pero la técnica, que precisaba unos veinte minutos de exposición, sólo servía para captar naturalezas muertas.

“Era impensable retratar un rostro humano. Había una reclamación social muy potente por conseguirlo. Y se investigaba sobre la lente o sobre el proceso fotoquímico con el que se fijaba la imagen, pero no había manera”, cuenta el historiador.

La técnica inventada por Louis Daguerre viajó a Nueva York, donde universidades y particulares siguieron experimentando y modificando el ingenio.

El historiador Rafael Garófano con su libro "El primer establecimiento de retratos fotográficos de España" , en el que cuenta la historia del estadounidense George W. Halsey, quién en 1841 llegó a Cádiz con una cámara con la que, en esta ciudad, y en "el sucinto tiempo de unos cuatro minutos" lograba pequeñas placas de cinco centímetros.

El historiador Rafael Garófano con su libro “El primer establecimiento de retratos fotográficos de España” , en el que cuenta la historia del estadounidense George W. Halsey, quién en 1841 llegó a Cádiz con una cámara con la que, en esta ciudad, y en “el sucinto tiempo de unos cuatro minutos” lograba pequeñas placas de cinco centímetros.

Allí el protésico dental Alexander S. Wolcott consiguió crear una cámara de madera sin lente que usaba la tecnología de reflexión y con la que logró acortar los tiempos de exposición hasta los cinco minutos, lo que ya permitía por fin hacer un retrato.

Wolcott abrió un estudio y empezó también a vender sus cámaras.

Un profesor de calígrafía llamado George W. Halsey que trabajaba en La Habana leyó en la prensa sobre el artilugio durante una visita a Nueva York y decidió comprar una cámara.

A su regreso a La Habana montó el primer establecimiento de Latinoamérica de retratos fotográficos, según recuerda aún hoy una placa en la calle en la que se asentó.

Allí acudieron gentes de la aristocracia y de la burguesía que podían pagarse el experimento de verse reflejados, incluso más fielmente que en las miniaturas de retratos pictóricos al óleo que en aquella época estaban tan en boga.

Aprovechando esa moda de las “miniaturas” pictóricas, los retratos fotográficos, también de pequeñas dimensiones, encontraron fácilmente acomodo.

En vista del éxito George W. Halsey decidió viajar a España, y fue así como llegó en un barco a Cádiz.

Alquiló una casa en la plaza de San Antonio con derecho a azotea, porque los retratos necesitaban mucha luz. Y publicó anuncios en los que ofrecía “miniaturas hechas con el auxilio de daguerrotipo”.

“Este nuevo y curioso arte inventado en Francia hace pocos años y que sólo se usaba para paisajes y vistas, acaba de perfeccionarse en los Estados Unidos de América, en virtud del invento de un nuevo aparato y de la introducción del reflector metálico de modo que las miniaturas tan pequeñas como al natural pueden conseguirse en el sucinto tiempo de unos cuatro minutos, según la intensidad de luz”, rezaba uno de los anuncios que publicó Halsey, que cobraba “varios duros, un precio privativo para la época”, dice el historiador.

 En un tiempo en el que los fotógrafos sólo podían ser ambulantes porque debían buscar nuevos clientes, Halsey cometió “una equivocación tremenda”, dice el historiador.

“Si se hubiera ido a Madrid se hubiera hecho de oro, pero decidió irse a Barcelona”, donde, dos meses después de que él llegara a Cádiz, se había instalado el fotógrafo Pedro Sardin con una cámara francesa perfeccionada que ya permitía captar estas imágenes.

Los frutos del trabajo de Halsey parecen, de momento, imposibles de disfrutar porque su fragilidad ha minado su conservación.

“Ni yo ni nadie hemos conseguido un retrato hecho con la técnica de Wolcott. En La Habana parece que tienen uno atribuido”, explica Rafael Garófano.

“De forma poética lo comparaban con el polvo de las alas de las mariposas, por la dificultad para su conservación. Son retratos sobre una plancha metálica, la imagen se hace por microcristales de sales de plata. Tenían que estar cubiertos con un cristal para protegerlos de la humedad y del roce”, cuenta el historiador.

A falta de los retratos, su libro desvela ahora la historia de aquellos primeros retratos fotográficos españoles.

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