Jair Bolsonaro, el triunfo del odio y del hartazgo en las elecciones de Brasil

Bolsonaro en campaña antes de ser apuñalado.

Su carta de presentación asusta: mano dura y vuelta a los valores de la dictadura. Pero el discurso racista, xenófobo y machista del ultraderechista Jair Bolsonaro ha calado en una sociedad brasileña que le ha apoyado mayoritariamente en la primera vuelta de las elecciones. Sus más de 49 millones de votos le han dejado al borde de la mayoría absoluta (ha obtenido un 46% de los sufragios) y con el candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad (29,3%) haciendo números para lograr una gesta que se antoja prácticamente imposible en la segunda vuelta.

Al igual que en su momento Trump en Estados Unidos o Matteo Salvini en Italia, las críticas no le han hecho mella y ha recibido el apoyo masivo de una población que está harta del establishment y de unos políticos corruptos que se muestran lejanos a los problemas de los ciudadanos. Su campaña ha sido atípica y sin embargo exitosa.

Su popularidad ha ido en aumento en los últimos años, tras abandonar el Ejército en 1991 por planear un atentado en protesta por los bajos sueldos de los soldados. Ha sido parlamentario durante más de dos décadas, aunque siempre sus ideas ultras estuvieron arrinconadas y sus salidas de tono simplemente provocaban comentarios jocosos.

Pero algo cambió en 2014 cuando se convirtió en el diputado más votado de Río de Janeiro. La gente le tomaba en serio y Bolsonaro empezó a valorar la posibilidad de presentarse a unas elecciones generales. Hasta hace pocas semanas lideraba las encuestas, pero todo el mundo pensaba que caería. No ocurrió. Tras ser apuñalado el pasado 6 de septiembre por un desequilibrado, ha pasado el último mes en el hospital recuperándose. Pero también haciendo campaña, sin tener que ir a los debates, sin desgastarse en el cuerpo a cuerpo con sus rivales.

Tampoco le habría hecho falta. Cuando el Partido de los Trabajadores se dio cuenta de que Bolsonaro era una amenaza real ya era demasiado tarde. A cada manifestación en su contra en las calles, a cada ataque por parte del partido en el Gobierno respondían las encuestas con un nuevo incremento de sus opciones (aunque ninguna llegó a predecir una victoria tan apabullante como la que ha conseguido).

Poco a poco además se iba subiendo al barco más gente. El apoyo del Frente Parlamentario de la Agricultura y de los evangélicos (dos grupos con muchísima fuerza) terminaron de configurar una fuerza muy poderosa que casi todos infravaloraron.

Y pese a que Bolsonaro diga sin rubor que prefiere un hijo muerto a uno gay, el mismo que defiende que las mujeres deben cobrar menos que los hombres o que asegura que tiene una hija “por un momento de debilidad”. Ese candidato que defiende la tortura y la violencia policial ha sido elevado a lo más alto por los brasileños por el hartazgo con el Partido de los Trabajadores.

Y es que el auge del ultra es directamente proporcional al ocaso del PT. El que fue el partido de la clase obrera, ese con el que una amplia mayoría se identificó y que ayudó a que millones de personas salieran de la pobreza, vive atrapado en numerosos casos de corrupción. Muchos de sus altos cargos están en la cárcel (el propio Lula da Silva) o han pasado por ella y el pueblo directamente se ha hartado.

La mala situación económica y el enfado con el PT han sido la mecha que ha prendido el efecto Bolsonaro. Un voto de castigo que sin embargo puede tener consecuencias graves en el futuro. Hay que esperar a la segunda vuelta para conocer los resultados, pero no cabe dudad que el candidato de extrema derecha tiene todo a favor para ser el próximo presidente. El desenlace, el 28 de octubre.

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