Las adivinaciones de los mayas en el códice legible más antiguo de América

Fotografía que muestra fragmentos del códice maya, de la exposición “Códice Maya de México: eslabón, puente y testigo”, ayer viernes, 12 de octubre de 2018, en el Museo de Antropología de Ciudad de México (México).

Resguardado como un vetusto tesoro de valor incalculable en uno de los salones del Museo Nacional de Antropología, el códice maya de México, el manuscrito legible más antiguo del continente americano, muestra mediante dibujos las adivinaciones que hacían los mayas tras observar las estrellas.

Pese a que durante años la sombra de la duda pesó sobre su autenticidad, hace poco se confirmó la veracidad de este objeto arqueológico compuesto por diez folios que fungen como calendario adivinatorio elaborado entre los años 1120 y 1130 después de Cristo.

Una de las comisarias de la exposición “Códice Maya de México: eslabón, puente y testigo” Sofía Martínez asegura a que se trata de un calendario que interpretaba cómo podía la deidad Venus afectar a la Tierra y, al saberlo, contentarla “para que no causara daño al ámbito social y natural del mundo”.

Para los mayas, excelentes observadores del cielo, Venus era una estrella con largos rayos de luz que emulaban peligrosas lanzas.

Esto hacía pensar a las culturas mesoamericanas “que con esas lanzas podía hacer daño al Universo”, indica la investigadora de la Coordinación Nacional de Museos y Exposiciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Para pronosticar cuándo podían suceder desgracias, las culturas mesoamericanas tenían tablas y registros precisos sobre la aparición de los planetas más importantes, así como de los eclipses lunares y solares que estaban asociados con Venus.

“Mediante la observación sabían cuándo Venus iba a hacer sus apariciones y, con el fin de prevenir acciones negativas, hacían estos calendarios y estas ofrendas”, asegura.

Las ilustraciones presentes en los folios muestran distintas deidades como la de la muerte, la fertilidad agrícola o la del fuego.

Estas deidades son mostradas en escenas de agresión y sacrificio. En cada fragmento aparece una “fecha de distancia” que indica cuántos días permanece Venus en cada una de sus cuatro fases de movimiento: estrella matutina, conjunción superior -cuando está detrás del Sol- estrella vespertina y conjunción inferior, que es cuando está entre la Tierra y el Sol.

La primera fecha del primer folio del códice coincide con una época de sequía, algo que la experta considera representativo de un periodo en el que hubo muchas migraciones.

“Es una época de supervivencia; la importancia de las sociedades mesoamericanas que vivían de la agricultura la vemos reflejada en el códice maya de México, que empieza con una época de sequía”, considera.

Únicamente diez fragmentos de los veinte totales que componían el códice se encuentran preservados en una cápsula anóxica -sin oxígeno para que no proliferen microorganismos- y son monitoreados las 24 horas del día.

Pero la credibilidad de la que goza ahora este documento ancestral no la tuvo hasta hace muy poco; el INAH confirmó su autenticidad a finales del pasado agosto.

Fotografía de la exposición “Códice Maya de México: eslabón, puente y testigo” ayer viernes, 12 de octubre de 2018, en el Museo de Antropología de Ciudad de México (México).

El INAH convocó en 2016 a un equipo de investigadores para hacer un proyecto integral donde se analizara hasta el último detalle del códice.

Se analizó el pigmento conocido como azul maya con el que está ilustrado el códice y confirmaron la presencia de índigo, un colorante, y la arcilla paligorskita, la que contiene al índigo para poder formar el color.

Este pigmento inventado por los mayas dejó de utilizarse en el siglo XVIII, por lo que aquellos que argumentaban que el códice era una falsificación elaborada en 1960 vieron cómo su hipótesis se hacía añicos.

Por su parte, la otra comisaria de la exposición María del Pilar Cuairán dijo a Efe que “el patrimonio cultural en todo el mundo es sumamente poderoso”, al tener la capacidad de eludir lo efímero y preservar “la sabiduría y la identidad de los pueblos”.

“Conforme van cambiando los tiempos, nuestras maneras de ver y de leer también cambian, eso quiere decir que el patrimonio nunca caduca”, concluye.

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