Nacionalizar extranjeros no es fomentar el deporte español

Mathieu Belie (centro), francés de Toulouse, representando a la selección española de rugby en un partido contra Bélgica el año pasado.

Anda en estos días la prensa deportiva patria (la que tiene ojos para algo que no sea el fútbol, que no es mucha) dando palmas con las orejas por lo que se considera un nuevo éxito y un punto de partida esperanzador para el deporte español. La selección nacional masculina de rugby ha conseguido recientemente un resultado muy positivo: derrotar a la de Rusia en la primera jornada del torneo Seis Naciones B, oficiosamente la segunda división del deporte del balón oval en Europa. Además consiguiendo una remontada espectacular: al descanso perdía 7-14 y acabó imponiéndose 16-14.

Van llegando los titulares grandilocuentes. “Un gran triunfo”, dice Marca; “un equipo de Mundial”, refleja As, en referencia a que los rusos sí lograron clasificarse para el campeonato y los Leones ibéricos no tras una controvertida eliminatoria contra Bélgica. El Confidencial se enorgullece de la “brava reacción” de los españoles. No hay mucho más en el panorama mediático, porque no olvidemos que el rugby es, todavía, un deporte minoritario. Esperemos que poco a poco, si vienen más resultados positivos, crezca el interés.

El problema es cuando a uno le da por revisar la plantilla de la selección nacional. De cara al próximo partido, previsto para el 17 de febrero contra Georgia, van convocados 30 jugadores (lo habitual, teniendo en cuenta que en este deporte saltan 15 al campo). De ellos, solo 13 son nacidos o formados deportivamente en España. El resto, más de la mitad, son nacionalizados: jugadores extranjeros, en su mayoría de Francia, Inglaterra, Argentina o Sudáfrica, que representan a España o bien porque están en algún club español, o bien porque tienen antepasados más o menos remotos procedentes de la Península, y escogen la camiseta roja porque su país de origen no les convoca. De hecho, incluso el capitán actual, el pilier Fernando López, es bonaerense.

Calificar como “español” a un equipo de estas características más parece un abuso del lenguaje, por mucho que la normativa vigente lo permita y que otras selecciones hagan exactamente lo mismo. La estrategia reportará indudablemente beneficios deportivos a corto plazo, de hecho ya se están viendo, pero si de lo que se trata es de fomentar el deporte nacional y de crear una estructura potente a largo plazo, el sistema parece hasta contraproducente. No es que el rugby de España esté triunfando, sino que se importan deportistas notables de fuera, traídos a golpe de talonario, que están aquí como podrían estar en cualquier otro lado. Si en vez de al rugby se dedicaran, por ejemplo, al balonmano, a lo mejor estarían dándole gloria a Catar.

Ojo: no se trata, ni mucho menos, de un asunto de xenofobia. La inmigración es un factor que enriquece culturas y sociedades, y en el ámbito del deporte puede servir para aportar cualidades de las que el país carece, posiblemente por puros condicionantes genéricos. La vecina Francia es un notable ejemplo en este sentido, habiendo sabido integrar (no sin problemas y tensiones, hay que reconocerlo) el talento llegado de todas partes del mundo. Pero, en última instancia, es un talento que se cría en Francia, se forma en Francia, aprende a jugar en Francia y, haya nacido en París, en Bayona, en Argel o en Dakar, es digno y orgulloso representante de Francia.

De hecho, en la propia selección española de rugby están Arti Kovalenko, barcelonés de orígenes ucranianos, o Daniel Stöhr, hijo de alemán y brasileña pero malagueño y canterano del equipo de Marbella. Españoles a todos los efectos, y que nadie se atreva a discutirlo. Lo que tiene menos sentido, aunque esté autorizado por las reglas y todos los rivales lo hagan, es que en el XV del León juegue gente como Mickael De Marco, natural de Montpellier, miembro de la plantilla del Sporting Agen de la liga francesa, antiguo representante de les bleus sub-20, que solo ha pisado España de vacaciones, y que tiene un hueco con la camiseta roja porque alguien de su familia hace varias generaciones era español. O como Steve Barnes, inglés de Bristol que no llegó a tierras ibéricas hasta que, cuando tenía 25 años y ni siquiera conocía nuestro idioma, le fichó el VRAC de Valladolid, donde aún sigue. Son indudablemente buenísimos deportistas, pero ese no es el debate.

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