Obras de arte ilustran los lazos entre la realeza británica y la rusa

Fotografía facilitada por la institución The Royal Collection Trust de uno de los famosos huevos del orfebre Carl Fabergé expuesto en la muestra “Rusia, Realeza y los Romanov”.

Piezas únicas de Fabergé, como tres de sus famosos huevos, y una exclusiva muestra de obras de arte pertenecientes a la monarquía británica se exhiben desde hoy en Edimburgo para ilustrar 300 años de relación entre la familia de Isabel II y los Romanov, la última dinastía de zares rusos.

La Queen’s Gallery del Palacio de Holyrood, la residencia oficial de la Casa Real en Escocia, acoge la exposición “Rusia, Realeza y los Romanov”, formada por más de 170 cuadros, joyas, fotografías, vestidos, libros y cartas, que se muestran en su mayoría por primera vez en la región y podrán contemplarse hasta el 3 de noviembre.

Según explicó a Efe la comisaria de la muestra, Caroline de Guitaut, el objetivo es reflejar los lazos que unieron a estas dos casas reales “a través de las relaciones diplomáticas, las alianzas militares y las conexiones familiares y dinásticas”.

“Como resultado, hay un gran número de obras de arte que entraron a formar parte de la Colección Real, ya que fueron intercambiadas como regalos diplomáticos o recuerdos personales”, dijo la experta.

La Colección Real, una de las más importantes del mundo con más de un millón de piezas repartidas entre 15 residencias de todo el Reino Unido, está gestionada por la institución Royal Collection Trust y aunque la soberana es quien la conserva, no le pertenece a título individual.

Una de las tiaras que todavía usa Isabel II, confeccionada a partir de piedras preciosas, también forma parte de la muestra.

Los trabajos del orfebre Carl Fabergé revelan el patronazgo compartido que ambas familias reales ejercieron sobre la firma a inicios del siglo XX, cuando con frecuencia se intercambiaron sus huevos, de los que solo existen 50 ejemplares en el mundo.

El huevo Mosaico de 1914, exhibido en un lugar destacado de la exposición, es técnicamente el más sofisticado al estar confeccionado por una cubierta de platino en la que se incrustan pequeños diamantes, rubíes, topacios, zafiros, granates, perlas y esmeraldas que forman un motivo floral.

Además, la pieza alberga una sorpresa, un medallón en el que figuran los retratos de los cinco hijos del último zar, Nicolás II, y su esposa Alejandra.

Estos singulares objetos solían contener joyas elaboradas a partir de piedras preciosas o pequeños objetos como un elefante de marfil, que también se encuentra en la muestra y que recientemente se descubrió que pertenecía al huevo Diamond Trellis.

A su lado se expone el huevo Colonnade, que data de 1910, y a unos pocos metros se haya el Cesto de Flores, confeccionado en 1901. Todos fueron adquiridos por el rey George V y la reina María en los años treinta.

Aunque los huevos son sus objetos más reconocidos, la firma rusa es autora también de diferentes creaciones como un portarretratos con la imagen de María Feodorovna, esposa del emperador Alejandro III, un estuche de cigarrillos y un broche de diamantes y zafiros.

Este último fue un regalo de Nicolás II y Alejandra a la reina Victoria, tatarabuela de Isabel II, en su Jubileo de Diamantes en 1897.

De todas las pinturas, de Guitaut destacó el gran retrato de Caterina II, firmado por Vigilius Eriksen, que preside la entrada a la muestra y fue realizado en 1762 para su coronación, por lo que se la representa luciendo una gran tiara y ostentosos ropajes.

Junto a esta obra se expone el retrato dedicado a la princesa Carlota de Gales, hija de Jorge IV, quien fue inmortalizada embarazada y sentada en un diván por Jorge Dawe.

El vestido que lució, confeccionado en azul marino con detalles dorados y flecos del mismo color y diseñado para acomodarse a su estado -la princesa murió durante el parto-, también puede contemplarse.

De entre todas las representaciones pictóricas hay una que destaca por ser la más reconocible. Se trata del retrato de Isabel II que el artista ruso Savely Sorine realizó en 1948 a petición de su madre, la reina Isabel.

Para la comisaria, la obra simboliza el primer viaje de un monarca británico a Rusia, ya que si bien el primer zar ruso que visitó Gran Bretaña lo hizo en 1698, no sería hasta casi trescientos años después, en 1994, cuando la actual soberana hiciese historia al viajar hasta la ciudad del Kremlin.

Por Remei Calabuig

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